Nuevo Rostro, Viejo Vicio November 12, 2007
Posted by morariverajj in Educación, Política Cultural, Universidad Veracruzana, Veracruz.trackback
Desde su nacimiento, La Palabra y el Hombre fue la piedra de toque de la fecunda actividad editorial de la Universidad Veracruzana iniciada por Sergio Galindo y un grupo de notables intelectuales de valía. En el cincuentenario de la empresa, Rafael Antúnez aborda los principio que rigieron tan prestigiada publicación, sin dejar a un lado sus momentos erráticos. El blanco de Antúnez es el reciente relanzamiento de una esperada y prometedora tercera época que, sin embargo, no ha cumplido con los principios que fundaron La Palabra y el Hombre. Performance 56, del 1º de noviembre de 2007, publicó originalmente el presente texto.
La Palabra y el Hombre es por muchas razones una revista singular en el panorama editorial mexicano; a más de su longevidad, fue, al mismo tiempo, el órgano de difusión de la Universidad Veracruzana y el medio de expresión de un grupo de intelectuales (nunca una capilla) en el que destacaban los nombres de Sergio Galindo (en las letras), Gonzalo Aguirre Beltrán (en las ciencias sociales) y Fernando Salmerón (en la filosofía). Si como modelo formal tuvo a la Revista de Occidente, por su contenido se acercaba más a Cuadernos Americanos de Jesús Silva Herzog. El nombre de la revista fue idea del filósofo Fernando Salmerón porque, según cuenta Dagoberto Guillaumin, “ ‘palabra’ y ‘hombre’ estaban relacionadas con la visión cultural de la época”. Henry Dumezau reflexionaría años más adelante sobre lo acertado del nombre:
Antes de venir a México, encontré en la Biblioteca de la Universidad de Rabat una revista cuyo nombre me llamó la atención: La Palabra y el Hombre. ¡Qué programa! Como buen filólogo, no separaba yo la palabra de su origen [...] esos dos vocablos: ‘Palabra’ y ‘Hombre’ me hicieron divagar, porque eran ellos (sobre todo el primero) los que venían cargados de sentido, los que evocaban la historia del espíritu. Para mí, ‘palabra’ venía directamente de ‘parábola’, término griego de la misma familia que symbolon. El verbo ballo que se halla en el fondo de todas esas palabras abstractas tiene como primer sentido ‘arrojar’, pero designa bien pronto en sus compuestos una operación del espíritu, en movimiento del pensamiento. Symbolon es el hecho de unir dos ideas bajo una misma etiqueta, de la misma manera que suniemi es también ‘arrojar junto’ o simplemente ‘comprender, abrazar, tomar dos o más ideas en conjunto’. Alguien ha dicho que el genio es la capacidad de ver relaciones o de establecer relaciones originales entre las cosas. La inteligencia es saber escoger de entre los hechos aquellos que convienen a nuestra verdad [...] La palabra y el hombre se encuentran ligados para los más altos destinos [...] creo que no existe más hermoso título, ni más actual a pesar de su valor eterno, que el de La Palabra y el Hombre”.
Por sus páginas han desfilado muchos de los nombres que hoy ocupan un espacio central en la literatura nacional y de otras latitudes. En ellas se volvieron comunes los nombres de María Zambrano, Emilio Carballido y Luisa Josefina Hernández, Juan Vicente Melo y Sergio Pitol, al tiempo que aparecían por primera vez en el ámbito hispánico nombres como el de Bruno Shulz (en traducción de Sergio Pitol), George Steiner, Blanca Verla, Christopher Fry y Tomás Segovia.
Fundada en 1957, La Palabra y el Hombre iniciaba la fecunda actividad editorial de la Universidad Veracruzana. La revista, escribió Fernando Salmerón, “como es natural, ha tenido periodos afortunados y épocas difíciles, su paso no ha sido regular, pero la marcha –a pesar de las interrupciones- perduró. Su primera época data de la fecha citada hasta diciembre de 1962, en que aparece el número 24”.
El número 25 incluye la leyenda “Segunda época”, sin ningún cambio en la revista; el Consejo Editorial mantiene sus miembros originales y La Palabra… continúa bajo la dirección de Sergio Galindo.
Esta época vio su fin con el número 32 (octubre-diciembre de 1964) en el que Sergio Galindo terminó sus funciones de director. En los ocho años que Galindo estuvo al frente de la revista, ésta llegó, sin exagerar, a todo el mundo: de Canadá a Chile y de España a Pekín. La salida de su fundador no menguó la calidad ni la proyección de la revista que mantuvo su política de divulgación de las letras y el pensamiento. Muy lejos estaban los tiempos en que se convertiría en botín de académicos mediocres que, más que intereses culturales, poseen intereses políticos.
Al relevo de Sergio Galindo llegó César Rodríguez Chicharro, quien inició sus funciones como director con el número 33 (enero-marzo de 1965). Galindo volvería a tomar las riendas de la revista a principios de 1972. En esta nueva época Galindo dedicó casi por completo los siguientes números a las letras mexicanas y a la investigación antropológica, reduciendo notablemente las traducciones y la participación de autores extranjeros, instaurando así una línea que habrían de seguir los futuros directores.
Durante esta nueva época empezaron a publicar Mariana Frenk, Jorge Arturo Ojeda, Jaime del Palacio y Luis Arturo Ramos, al lado de antiguos colaboradores como Gonzalo Aguirre Beltrán, Emilio Carballido, José Revueltas, Jorge Alberto Manrique y el propio Galindo. Este nuevo periodo sólo duró hasta el número 8 (octubre-diciembre 1973), pues el siguiente sería dirigido por Jaime Augusto Shelley, quien sólo estuvo al frente de ella los cuatro números de 1974. A más de la colaboración de algunos miembros de la Espiga Amotinada, durante su gestión comenzó a colaborar el crítico Jorge Ruffinelli, quien desempeñaría un papel importante en la producción editorial de la Universidad Veracruzana al frente del Centro de Investigaciones Literarias.
En el primer número de 1972 (el 13) aparece como nuevo director Mario Muñoz, quien dirigió diez números, hasta 1977, año en que es relevado por Juan Vicente Melo, director hasta el número 29, aparecido en 1979, y deja su lugar a Luis Arturo Ramos, quien la sostiene hasta 1986.
Durante estos años, como reflejo de lo que sucedía al interior de la Universidad, la revista conoce distintas modificaciones. Cambia su formato y adopta uno muy parecido al de Casa de las Américas, al tiempo que su contenido se ve seriamente mermado por la presencia de trabajos de investigación académica de muy poca calidad. Lamentablemente esta tendencia, lejos de desaparecer, se acentuó bajo la dirección de Raúl Hernández Viveros, con mucho uno de los periodos más grises que ha conocido. Al enorme retraso con que aparecía se sumó la baja calidad de los materiales publicados y la falta de una propuesta coherente. La revista se tornó obtusa y monologante. Justo lo opuesto de lo que sus fundadores habrían pensado para ella. Las palabras de “Presentación” del primer número, ilustraban claramente las ideas estéticas de sus fundadores y hacían más evidente el distanciamiento de Hernández Viveros con el espíritu de la revista. Escribió Salmerón:
Puesta sobre las mismas bases que todo el trabajo universitario, la revista es, en primer lugar, un órgano de investigaciones libres en el que todas las opiniones tienen cabida —sin más limitación que la calidad de los trabajos— y cada artículo no compromete más que a su autor; pero, a la vez, quiere prestar servicios de información y de crítica, y orientar al lector sobre una gran variedad de temas vivos para la inteligencia mexicana. No se trata, por tanto, de una revista literaria en el sentido habitual, destinada a satisfacer una curiosidad simplemente estética; ni tampoco se trata de una revista exclusivamente científica o política, especializada en un determinado grupo de problemas, sino de un repertorio abierto que pretende, con la mayor amplitud y universalidad, contribuir al desarrollo de la cultura.

Lejos estaban los tiempos en que se podían leer colaboraciones de José Emilio Pacheco, Ramón Xirau o José de la Colina. De ser una revista creativa y plural, había pasado a ser el órgano de difusión de las más grises propuestas académicas. De estos años en crisis, sólo equiparables a los que atravesó La Palabra… en 1969, vino a rescatarla Guillermo Villar en 1996. Bajo su dirección, La Palabra y el Hombre volvió a aparecer puntualmente y a ampliar sus horizontes. Su plana de colaboradores se renovó caso por completo y la revista volvió a proponer un diálogo amplio y generoso a sus lectores, publicó dos números antológicos en los que recogía mucho de lo mejor que había aparecido en ella y dedicó dos números de homenaje a Sergio Galindo, Manuel Felguerez y Vicente Rojo. En abril de 1999, Guillermo Villar deja la dirección y ésta es tomada por el poeta Jorge Brash, quien mantuvo la revista por los rumbos apuntados por Villar en un afán de continuar con los propósitos iniciales de la misma:
“En esta declaración de intereses, que encierra la segunda parte del enunciado La Palabra y el Hombre –decía Salmerón en la “Presentación” –, se quiere mostrar la identidad de preocupaciones con la cultura contemporánea. De la primera parte del enunciado, hay que decir que no se puede considerar a la palabra, al lenguaje, como algo sobreañadido al hombre. Precisamente porque la palabra es, alternativamente, hablar y oír, decir y escuchar, debemos reconocer que, en su origen, consiste en el hecho mismo de hacerse presente un hombre a otro hombre. Ante los demás hombres, nosotros somos nuestro lenguaje, estamos hechos de palabras; las palabras son la condición de nuestro ser y su único testimonio. Y como queremos hacer resaltar esa relación del hombre con el hombre, hemos traído al título de la revista algo que expresa el afán de realizar la más hermosa de las posibilidades de la existencia humana, la que permite alcanzar la plenitud de la más profunda realidad personal: la voluntad de comunicación. Porque esa es la más notable paradoja de la condición humana: que el hombre, para serlo en un sentido pleno, ha de lograr que madure su propia individualidad y, al mismo tiempo, ha de saber entregarla a los demás hombres. Ha de ser a la vez persona y prójimo; libertad y sociedad; soledad y comunicación; palabra y hombre”.
Este año, La Palabra y el Hombre, en su “Tercera época”, sufre (y la palabra es exacta), más que una renovación, una serie de cambios en los que muchos de los malos hábitos de la revistar perduran y muy pocos de los altos valores que sus fundadores le infundieron se conservan. El primero que salta a la vista es el cambio de diseño. Fieles a esa mala costumbre de copiar el formato de otra revista, los editores responsables decidieron adoptar un formato que, a todas luces, se “fusila” el de Letras Libres. Si bien es cierto que una de las debilidades crónicas de La Palabra… lo fue el diseño de interiores y de portadas, optar en estos tiempos por la copia descarada y poco inspirada de otra revista, revela, más que fidelidad a una tradición, flojera, falta de imaginación y, no veo por qué no decirlo, ignorancia y mal gusto. Contando con una Facultad de Artes Plásticas, ¿no hubiera sido infinitamente más saludable convocar a un concurso de diseño original para la revista, aprovechar el inmenso potencial de los jóvenes universitarios y aun de los maestros en vez de recurrir ala imitación?
Precisemos; el diseño de cajas, la elección tipográfica y la impresión son limpios y bien balanceados, pero estas virtudes son pocas, dado que demuestran fidelidad al modelo (Letras Libres), es decir una total falta de originalidad. En cuanto a sus contenidos, es fácil ver que el cambio de vestiduras no trajo aparejado un cambio en el espíritu de la revista. La Palabra y el Hombre en su nuevo formato se nos presenta, más que como una publicación renovada, con nuevos horizontes culturales, como una expresión de carácter institucional, autocomplaciente y limitada, y, por tanto, desdeñosa de la crítica. ¿Cuánto de nuevo hay en un revista que como ejemplo de su renovación nos presenta (por sólo poner un ejemplo) trabajos de esos dos grandes defensores del comandante Castro: Roberto Fernández Retamar y Ernesto Cardenal? ¿En verdad creen que con cambiar de formato lograrán “la comunión de temas y la confluencia de opiniones, además de […] resultar visualmente más atractivo a las nuevas generaciones”. Esto se logra elevando el nivel del diálogo, modernizando las propuestas, dando paso a la crítica, pagando por colaboraciones que garanticen un cierto decoro, teniendo conocimiento del acontecer internacional, no siendo trampolín para que tal o cual profesor cobre tres o cuatro pilones más a final del año.
No, cambiar de traje no implica cambiar de hábitos: a esta revista le brilla el charol por muchas partes. La prueba principal de que no ha cambiado quizá lo sea la constatación de que muchos de los trabajos ahora incluidos nunca hubieran sido aprobados por los grandes intelectuales que en el pasado han estado al frente de esta venerable y hoy pálida revista. Por supuesto, tampoco los aprobarán sus lectores. Habrá que esperar por la cuarta época.
Rafael Antúnez
Comparto la mayoria de ls ideas expresadas en el ultimo tercio del documento. En la Facultad de Comunicacion de la UV se ha impreso (al menos dos veces) una nueva época de EL UNIVERSITARIO que, en los 90′s era una eminencia.
Un contacto en IMAGEN de Veracruz, de la Mtra. Celia Rosado Romero, se dio a la tarea de evaluar los dos numeros y, para no decir todo, los devolvio con tantos rayones que no se podia ver lo que estaba escrito.
Los trabajos de los estudiantes en la Facultad, o la mayoria de ellos, son muy buenos, y en casos prometedores, pero algunos de los docentes no dan oportunidad, algunos se pasan de demiocres, y algunos compañeros que son hasta extremistas no dan el apoyo que los demas necesitan para seguir subiendo en su autorrealizacion.
Sin mas que decir, agradezco la informacion que te has molestado en subir y te mando un cordial saludo.
ATTE.: Jose Antonio Alonso Rodriguez. Facultad de Ciencias de la Comunicacion. UV. Boca del Rio, Ver.